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Eco-Eco; recogeremos lo que sembramos.

27/11/2010

Repsol cultiva algas para absorber CO2 atmosférico y crear biocombustibles. Renault promociona sus nuevos vehículos Eco2. Sanex está orgulloso de sus nuevos envases con menos plástico. Tetra Pak se jacta de ser reciclable. Carrefour ya no tiene bolsas de plástico. Iberdrola se vende como la compañía renovable. ¿Estamos ante un conjunto de esfuerzos altruístas para mejorar la calidad de vida de las sociedades desarrolladas? En realidad todas estas empresas obtienen beneficios netos a través de estas iniciativas teñidas de verde. A menudo se trata de abaratar costes de producción, y, cuando no, se trata de efectivas estrategias de marketing, pero, en cualquier caso, no implican pérdidas económicas de ningún tipo para las empresas emprendedoras. Y es que cuando se analiza con detenimiento, todas las acciones ecológicas son también económicamente viables, cuanto menos a medio y largo plazo. Para los que lo que apreciamos es el gesto y la intención, por encima del hecho, no hay nada que agradecer a estos monstruos del mercado internacional, puesto que persiguen lo que predice la teoría empresarial. Eso no quita que, a efectos, sean decisiones, servicios y productos que puedan revertir la tendencia destructiva y contaminante de la industria con el ambiente y ayudar a la conservación de la naturaleza.

Las nuevas economías alternativas, y en particular la economía ambiental, sacan a relucir costos que antes no se expresaban a nivel económico, y que hoy sí resuenan en los ajustes de cuentas de las grandes empresas. Existe de hecho una tendencia generalizada a expresar en cantidades monetarias las pérdidas ecológicas que perjudican finalmente a procesos productivos económicamente hablando; se trata de la internalización de las externalidades. Pongamos un ejemplo; es el caso de los bonos de carbono puestos en bolsa a raíz de las decisiones del protocolo de Kyoto para reducir el calentamiento global catalizado por las industrias. Antes una industria energética podía producir energía utilizando carbón mineral (energía térmica) y emitiendo CO2; la técnica más eficiente y económicamente viable de inyectar energía en la red eléctrica. El CO2 emitido era una externalidad ya que al contaminar el aire causa una mayor incidencia de enfermedades pulmonares elevando el gasto en sanidad de las ciudades cercanas a la industria en cuestión a corto plazo. A largo plazo causa una reducción de la productividad primaria de todas las tierras debido al calentamiento global, puesto que el aumento de temperatura implica un desequilibrio climático que desplaza las tierras cultivables, acentúa la desertización y las sequías y puede erradicar la técnicas de producción tradicionales de cada región del mundo. El precio a pagar por ese CO2 es como se puede ver extremadamente elevado. Los bonos de carbono obligan a cada sector de la industria a pagar esas consecuencias indirectas de las emisiones cuyo precio real no estaba anteriormente reflejado en el mercado.

¿Sucede lo mismo con nuestro bolsillo? ¿Puede el consumidor salir beneficiado económicamente de la moda ecologista? A menudo parece que no, que la realidad es que el ambiente nos sale caro. Esta idea pone de manifiesto el egoísmo humano, ya que pocas personas demuestran estar dispuestas a pagar por la salud y el nivel de vida del prójimo, como lo hacen por sí mismos. No obstante pensar así es cometer un error. Cuando los beneficios económicos del consumo de servicios y productos respetuosos con el medio ambiente no es directo, existe de manera indirecta pasando en general por la críptica vía tributaria. Como consecuencia, el que algunos paguen menos por productos no ecológicamente sanos obliga a otros a pagar más para subsanar los daños provocados, a través de los impuestos. Y no es una relación equilibrada ya que no son necesariamente los más ricos los que pagan más; no depende de las clases sociales sino del compromiso ético ecologista de cada ciudadano.

Pongamos un ejemplo. Yo contrato energía eléctrica con una copañía A aparentemente más económica, y que produce energía térmica, y usted contrata una compañía B que garantiza que la electricidad producida es enteramente eólica, hidráulica y solar. Usted paga un precio más alto por unidad de energía consumida que yo de forma directa. Sin embargo, la energía que yo consumo está cubriendo de cenizas tóxicas los campos de cultivo de mi provincia, que es también la suya, y llenando los hospitales de pacientes con patologías pulmonares. La economía de nuestra región va a empeorar al decrecer nuetra producción, y nuestros impuestos van a subir como consecuencia del gasto en sanidad, debido al menor precio de la energía que yo consumo. Así, a fin de cuentas, estamos pagando los dos más por el dinero que de forma directa yo me ahorro en la factura de la luz.

El ecologismo y la economía son como dos caras de una moneda. Tarde o temprano, como en las grandes pantallas de roca sucede con el conocido fenómeno acústico, recogeremos económicamente lo que sembremos en el ecosistema. ¡Ecoooooo! ecooo ecooo ecooo

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